35 = 155-1[1]

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El delincuente es aquel que traspasa la raya. ¿Pero qué raya? Cuando la raya que no se puede pasar es la del menor coste, entonces el coste de un acto puede poneros fuera de la ley y convocaros al lugar del delincuente.

La última película de Clint Eastwood, Sully, es un manifiesto por la libertad del hombre, o sea, su capacidad de realizar un acto y así hacer una elección, liberándose del protocolo que incluye la elisión del acto y la forclusión del sujeto. Nuestra civilización promueve el número, a causa de la potencia del cientificismo contemporáneo y de la norma universalizante que de él se deduce, contra lo inconmensurable del deseo, su a-normalidad. Y puede romper a aquel que hace la elección de asumir la libertad de su acto.

El que apodan Sully, interpretado con sobriedad y sensibilidad por Tom Hanks, es piloto de larga distancia. Volar, pilotar, es toda su vida, pero no solamente. Ya que este hombre también está casado y es padre de dos hijas. Le queda poco para la jubilación, se prepara para ella, tranquilamente. Sin embargo, el placer de pilotar sigue igual de vivo. Pero entonces, ese día, mientras que vuela por encima de Nueva York y admira desde la cabina de pilotaje la belleza del Hudson que corre plácidamente un poco más abajo, el avión cruza un vuelo de ocas salvajes. Sobreviene el accidente: los pájaros atraviesan el avión, un motor, luego dos quedan fuera de uso. Nada funciona. Piloto y copiloto no tienen mucho tiempo para tomar la medida de lo que les ocurre, para reaccionar y decidir. Con el protocolo de lo que hay que hacer en mano, la torre de control en línea, Sully no es de los que abandonan su destino a una check-list. Decide posarse sobre el Hudson y en vez del crash, es el amerizaje inesperado. Ciento cincuenta y cinco personas a bordo, ciento cincuenta y cinco personas sanas y salvas… ciento cincuenta y cinco : es la única cifra que Sully espera oír. De hecho, ya no es una cifra: es el nombre de este acontecimiento para él, el nombre de su trabajo bien hecho, como cada vez que ha tomado los mandos de un avión.

 

No obstante, es ¡“un avión perdido”! Sí, siempre hay que contabilizar una perdida, jamás deja de invitarse en los seres hablantes y de interrumpir la fiesta. ¿Quién va a pagar? Las aseguradoras investigan: Sully no ha seguido ni el protocolo ni la invitación hecha por la torre de control de volver al aeropuerto que acababa de dejar. Está obligado a explicarse mientras que la noticia de este rescate milagroso se propaga en los medios de comunicación y hace de él un nuevo héroe. Después del choque del encuentro con el real de la muerte, de lo que atestan sus pesadillas, hay un segundo choque, el que interroga el acto y divide a su autor: Che vuoi ? No siguiendo a ningún Otro, sino lo que bien podría ser su fantasía, ¿Sully no habrá hecho correr un riesgo desmesurado a todos los que ha embarcado en su acto?

Detrás de la figura del héroe surge otra imagen del padre, la mueca gesticulante del impostor que saca al piloto de un sueño reparador. Es el despertar necesario para que la pequeña frase escrita en un trozo de papel y caída de su cartera – feliz contingencia –, sea el buen encuentro a partir de cual nuestro piloto pueda pelear y luchar contra el discurso de los expertos que amenaza con aplastarle. La pequeña frase dice: “ un retraso vale más que una catástrofe ”. A partir de ahí, Sully tiene en su mano la variable que no se toma en cuenta, la que se quisiera eliminar: el tiempo y , más precisamente, el tiempo para comprender lo que las simulaciones no han tenido en cuenta. “Treinta y cinco segundos” Esto no es una cifra, sino el nombre del deseo de Sully en el campo del Otro, la variable que, introducida en el cálculo de los expertos, enviará las simulaciones al crash. Esto no es un videojuego, es un hombre, ¡todavía había un piloto en el avión!

 

En la época de los protocolos, donde la estadística tiene un papel fundamental para prometernos un mundo limpio de toda variable singular en beneficio de una conducta normada e ideal, la película de C. Eastwood hace hincapié en lo que algunos de nosotros hemos decidido defender: la libertad del acto que sustenta el deseo inconsciente. Este escapa a toda contabilidad, está fuera de la norma y el artista se empeña en recordarlo. Por su parte, el psicoanálisis propone, en el uno por uno, medir esos contornos en la cura. Ya que el precio a pagar por su exclusión siempre será exorbitante, tanto en el plano individual como en el de la civilización. Apostemos por que el deseo de Freud, de Lacan y de algunos otros pueda hacer oír, por mucho tiempo, su pequeña música.

Traducción : Alba Cifuentes Suarez

 

[1] 35 (segundos) = 155 (pasajeros) – 1 (avión)

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