Una delincuente normal o Justicia y psicoanálisis: ¿la conversación imposible?

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Madame T, impecablemente vestida y elegante, viene à verme para respetar una obligación de tratamiento. Ha sido juzgada y encarcelada por tráfico y consumición de cannabis. Después de haber cumplido una parte de su condena en la cárcel, ella beneficia de la libertad condicional. Actualmente, trabaja y se preocupa por respetar la obligación judicial, que es vigilada de cerca, viene a verme sistemáticamente y me pide religiosamente su certificado de presencia.

Más allá del objeto manifiesto de su pedido –su atestación-, ¿qué dice la Señora T. una vez que la puerta del despacho está cerrada?

¡Me dice que no va a dejar de consumir cannabis! Para ella, el cannabis no es una droga, la justicia no entiende nada, elle no es ni una toxicómana ni una delincuente, elle no tiene nada que decirme, y no dejará de fumar. ¡Es vital!.

“¡Esta substancia me ha salvado la vida! Sin el cannabis, ¡estaría muerta!”.

Así que no lo dejará–y le da igual si tiene que volver a la cárcel. Ella intentará de no vender, pero no podrá dejar de fumar. Sorprendido ante esa afirmación categórica y delante de esa convicción inalterable en lo que se refiere al valor terapéutico del producto, le hago un comentario calculado, con una pizca de provocación: “Usted dice que no puede dejarlo, pero imaginemos que la dejan en una isla desierta en la que el cannabis no existe. Ahí, no puede consumir porque ¡no hay!, ¿Entonces?”. Va a tardar algunos segundos en reaccionar y como una máquina que arranca, después de haber sufrido un bug momentáneo, va a objetar: “¿En una isla desierta? Subiría a un árbol y con las hojas, me haría un cigarrillo……que fumaría como si fuese cannabis”.

¡He aquí la normalidad! Esa es su propia norma, a la que el otro llama “delincuencia”, sin poder hacer otra cosa. ¡Es así que ha podido volverse “normal”! Sin el cannabis, ¡no hay salvación!. Imperativamente, imperiosamente, es ella la que transforma la substancia en droga, es ella la que crea la poción que le proporciona el remedio necesario, remedio, que por razones que desconocemos, le ayuda a vivir. Gracias a esta mediación que ha construido, hace que su cuerpo sea soportable, gestionable, ahí donde el cannabis la relaja antes de que explote. Ahí, donde el significante no ha sido “incorporado”, ella incorpora un producto que hace que el goce sea localizable.

Pero eso, el juez- El Juez-no lo sabe. Y cuando se lo dice o se lo escribe, él no puede entenderlo o le cuesta entenderlo.

En el artículo necrológico que el periódico Le Monde del 31 de enero de 2017dedica al gran penalista Thierry Lévy, se recuerda como un día, en un dossier que les oponía, Georges Kiejman había dicho:” Para Thierry Lévy, el código penal tiene solo un artículo: ¡no se debe condenar!”. El eminente jurista Jean Carbonnier, a su vez, afirmaba, hablando de la posición del juez: “el juez es una duda que decide”.

Entre el no se debe condenar del abogado, y la duda del juez antes de decidir, quizás el psicoanálisis, ¿puede a veces indicar a la justicia una manera de ver las cosas para avanzar hacia un juicio un poco menos tonto?

Traducción: Soledad Gallego

Revisión: Rosana Montani-Sedoud

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