La lucha contra la segregación no tiene fronteras

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La segregación, el racismo, el odio a la diferencia forman parte de nuestra contemporaneidad. Lacan advirtió sobre la presencia cada vez más apremiante de la segregación en distintas oportunidades. El psicoanálisis no puede desentenderse de sostener una posición ética frente a los fenómenos de esta magnitud encarnados en la búsqueda de ascenso al poder de los nacionalismos de extrema derecha. El tratamiento de lo singular de cada vida no se restringe al trabajo en los consultorios propio de la experiencia analítica, sino que involucra una toma de posición frente a los lazos sociales que dejan su trazo en lo cotidiano.

En una breve intervención de Lacan titulada “Nota sobre el padre” (Lacaniana 20) vincula la “evaporación del padre” a la segregación. Pero añade algo más como característica del siglo XX: “…una segregación ramificada, acentuada, que se entremezcla en todos los niveles y que multiplica cada vez más las barreras”.

En el siglo XXI las barreras se radicalizan: cierre de fronteras para los inmigrantes, incluso expulsión y rechazo. En un mundo donde la movilidad migratoria a través de los siglos determinó la constitución de las culturas en donde los pueblos se reconocen, no deja de ser llamativa la distinción entre “nosotros” y “ellos” con lo que se caracteriza lo extranjero, decididamente extraño. Esto determina los “racismos de goce”, al decir de Miller. Racismo y rechazo que se radicaliza mientras se reivindica la identidad nacional que, en definitiva, no es más que una ficción identificatoria.

Ahora bien, el “nosotros” no solo aglutina a quienes comulgan con estos ideales, sino también a todos aquellos que se dejan arrastrar por la desidia o la apatía y terminan sosteniendo un apoyo al otro selectivo. Con un simple franqueamiento de lo que Primo Levi denominó “la zona gris” –zona de irresponsabilidad más acá del problema del bien y el mal- los individuos corrientes se vuelven los engranajes de una maquinaria que da cuenta de lo que Hanna Arendt llamó la “banalidad del mal”. Tal vez esto sea lo más aterrador de este dejarse ir a la llamada de las sirenas que protegen un discurso nacional a ultranza.

En su libro Contingencia, ironía y solidaridad, Richard Rorty, al examinar el tema de la solidaridad, señala que para un judío de la época en que corrían los trenes hacia Auschwitz las probabilidades de que sus vecinos no judíos los ayudasen a esconderse eran mayores si vivía en Dinamarca o en Italia que si vivía en Bélgica. Con este ejemplo apunta a afirmar que el sentimiento de solidaridad se fortalece cuando se considera que aquél con el que expresamos ser solidarios es en forma restringida “uno de nosotros” y no con cualquiera. La similitud identificatoria está en la base de este tipo de solidaridad restringida, con un “nosotros” que es diferente a una solidaridad que desearía Rorty que existiera con la “humanidad como tal”.

Lo cierto es que la multiplicación identificatoria que se reúne en un “nosotros”  que se desentiende del viviente, no pacifica la crueldad, la indiferencia, el racismo que se creían frutos de los ideales imperantes en otras épocas y se enmascara en un una identidad liberadora. El siglo XXI no se ha mostrado menos sangriento que los anteriores. Y nuestras guerras contemporáneas, que incluyen sus modalidades de “guerras civiles” en tanto que incluyen a la población civil, la xenofobia y la intolerancia, dan cuenta de la supervivencia del mal, del kakon, que encarna esencialmente el otro y su diferencia.

En el Seminario 11 Lacan se refiere al “drama del nazismo que presenta las formas más monstruosas y supuestamente superadas del holocausto” y advierte sobre el resurgimiento de esta “ofrenda de un objeto de sacrificio a los dioses oscuros”. Y añade a propósito del exterminio nazi que “la ignorancia, la indiferencia, la mirada que se desvía, explican tras qué velo sigue todavía oculto este misterio”.

En 1967 Lacan vuelve sobre el tema de la segregación al indicar que “nuestro porvenir de mercados comunes será balanceada por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”. La transformación del sujeto en mercancía, la pérdida del valor de la vida y su consecuente manipulación como objeto, franquea un límite sin retorno. Su forma más tenue, pero no por ello menos cruel, es la indiferencia, el desinterés y el olvido.

Hija de inmigrantes polacos desplazados a Buenos Aires por la persecución y la incertidumbre frente a un futuro sombrío, mi segundo nombre es el de una mujer muerta en los asesinatos colectivos de la Alemania nazi. Elena no dejó su pueblo, como tantos otros que murieron durante ese exterminio y en los campos de la muerte. Llevo la marca de su nombre como así también la de aquellos que pudieron ser acogidos en un nuevo continente.

¿Cómo desentenderme entonces de la amenaza creciente que constituye el Frente Nacional que ondea sus banderas y estandartes mientras que susurra en filigrana un empuje al racismo y a la segregación?

Creo firmemente en la solidaridad que atraviesa la frontera de los pueblos y que acoge el dolor y el desamparo. El psicoanálisis no puede ser ajeno a la búsqueda de una palabra que forcejee con la apatía, el desinterés o el silencio. Es por ello que voto contra el Frente Nacional representado por Marine Le Pen. Voto aún cuando no tenga voto, aún cuando en los escrutinios no se incluya mi nombre. Y, al hacerlo, voto por la lucha contra la segregación y el odio y contra todas esas miserias aún desconocidas que nos depara un discurso que tiene como horizonte arrebatar al sujeto su dignidad

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